Escritor Mario Vargas Llosa en atril en la celebración en la Casa de América

Vargas Llosa cada vez escribe mejor

A finales de la década de los años cincuenta, en la Avenida Menéndez Pelayo con calle Doctor Castelo, un joven de pulcra vestimenta y bigote de película mexicana, se sentaba cada tarde a leer novelas de Faulkner y corregir folios de sonido crepitante.

La ciudad es Madrid y el joven es Mario Vargas Llosa, futuro premio Nobel que en esos años del siglo pasado se dedicaba a analizar con minuciosidad los recursos literarios del autor norteamericano, y a la vez avanzaba en la escritura de su primera novela: La ciudad y los perros, volumen que al ser publicado en 1963 dio inicio a lo que se conoció luego como el Boom de la narrativa latinoamericana.

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Desde hace poco hay una placa que recuerda la historia. El momento en que un desconocido autor peruano, un día de 1958 comienza a escribir en la taberna El Jute esa espléndida y atractiva historia sobre un colegio militar peruano en el que los adolescentes viven en un áspero mundo de violencia, soledad, machismo y rigurosidad castrense.

La coincidencia no deja de ser estremecedora. En ese punto de Madrid, el futuro premio Nobel de 2010 estaba con humildad infinita aprendiendo las lecciones de escritura del Premio Nobel de 1949. Un acto de esfuerzo, de tesón y entrega a la escritura, una de las señales distintivas de Mario Vargas Llosa a lo largo de su fructífera carrera

¿Quién fue Vargas Llosa?

Las fichas biográficas ofrecen los datos reconocibles en estos casos. Nacido en Arequipa el 28 de marzo de 1936, vivió buena parte de su infancia en Cochabamba, Bolivia, y en ese lugar aprendió a leer; hecho que el propio Vargas Llosa resaltaba como uno de los sucesos más importantes de su vida.

A pesar de que durante sus primeros años creyó que su padre había muerto, al regresar a  Perú supo que  esta noticia no era cierta. Allí conoció a su padre, y comenzó a vivir con él y con su madre, en lo que el propio Vargas Llosa definió siempre como el fin del paraíso de la infancia, pues aquel hombre era de una extrema rigidez y autoritarismo.

Pero pronto Vargas Llosa descubrió que existía un modo de experimentar la existencia con plena libertad y sin que ningún poder externo fuese capaz de perturbar ese nuevo espacio de vida. La literatura se convirtió así en el refugio de este escritor que desde muy joven comprendió que el oficio de escribir era su manera de percibir lo cotidiano como solo un pretexto para los grandes mundos que deparaba la imaginación y los universos ficcionales.

Su paso por Madrid, París, Barcelona, y Londres, le permitieron expandir su pasión literaria, que muy pronto se vio mundialmente reconocida por obras de gran calidad literaria y ambición formal como La casa verde, Conversación en la catedral, Pantaleón y las visitadoras, Historia de Mayta, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo.  

Intelectual crítico

Además de su inmensa pasión literaria, Vargas Llosa tuvo una consecuente actuación política como intelectual crítico, con gran valentía, se atrevió a desafiar el pensamiento hegemónico que impregnaba la cultura de su momento, y abandonó sus iniciales simpatías por la izquierda autoritaria. Este cambio generó la desilusión de algunos jóvenes comunistas del mundo, y un reproche manifiesto en un viaje en barco España-Venezuela en 1974 protagonizado por mi padre.

Vargas Llosa llegó a abrazar un liberalismo que consideraba que la libertad es el bien supremo de las sociedades humanas, y debe formar parte de todos los espacios de un país, tanto el político, como el económico y el cultural.

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Crítico por igual con las dictaduras de Fidel Castro y Agusto Pinochet, su propia obra literaria se asomó a los peligros de la autocracia y el fanatismo en obras tan variadas como las ya citadas: La fiesta del chivo o Historia de Mayta.

Vargas Llosa y su narrativa

Polemista de primera línea, nunca perdió el norte de su pasión literaria. Escritor con horarios oficinescos de escritura, solía encerrarse el día entero para trabajar en su estudio, y cuenta la leyenda que, si una reunión festiva se extendía en exceso, Vargas Llosa se retiraba a un lugar discreto con una máquina de escribir para terminar las páginas que tenía planificadas cada día.

El poder, las pasiones ocultas y la violencia soterrada de las relaciones humanas, fueron algunos de los temas de su escritura, pero siempre, trabajadas desde la conciencia de que lo narrativo es un profundo trabajo sobre la forma, sobre las estructuras novedosas que revitalizan una historia.

Ahora que se recuerdan los noventa años de su nacimiento, este autor recientemente fallecido en Lima, sigue siendo una constante invitación a los lectores para que descubran de manera original el universo de personajes que contemplan la historia con una suerte de estupor y encanto, pues así como se dice que Carlos Gardel cada vez mejora su canto, no hay problema ninguno en admitir que Vargas Llosa cada vez escribe mejor.

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