El arte de la pintura siempre ha tenido la luz como uno de sus protagonistas principales. Interpretar, reflejar, reinventar la luz ha sido a lo largo del arte pictórico una de las tentativas principales de muchos creadores.
Joaquín Sorolla y Armando Reverón, con las técnicas y los recursos propios de su tiempo, procuraron dejar en sus lienzos la huella milagrosa de la luz que rodea al ser humano. Estos dos grandes pintores del siglo pasado hicieron de la luz no solo una tentativa creadora, sino que la transformaron en la protagonista esencial de sus trabajos.
Una mirada detallada, transformadora, en la que la luz no acompañaba a un paisaje ni a las personas que habitaban dentro de éste, sino que se convertía en el paisaje mismo, en la presencia principal del espacio.
Sorolla y Reverón: dos formas de luz
Joaquín Sorolla y Armando Reverón pintaron con la destreza de sus manos la gallardía de una luz que parecía ser la creadora de las formas y las presencias del universo todo. Nadie puede deslizar la vista por sus cuadros sin sentir que ha vivido el milagro de una luminosidad que se revela como un génesis particular de todo lo viviente.
Curiosamente, vivieron y reflejaron geografías distantes: el primero de ellos, el Mediterráneo, el segundo el Caribe. A uno y otro lado del planeta, cada uno de esos pintores convirtió sus pinceles en una emanación solar que descifraba lo lumínico no con la rutinaria naturalidad con la que nuestros ojos se enfrentan a la luz del día a día, sino como la profundización en los misterios, en la magia oculta de una luz que revive la existencia y la llena de nuevos sentidos.
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Sorolla nació en España en 1863 y fue un pintor reconocido y aclamado en su tiempo. Por su parte, Reverón vino al mundo en Venezuela en 1889 y la inmensa proyección de su obra sucedió con posterioridad a su muerte. Sorolla conoció las mieles del triunfo y el reconocimiento, mientras Reverón, respetado en vida de una manera discreta, vivió en un universo próximo a la locura junto a su modesta casa en Macuto (Venezuela).
Pero pese a las diferencias de sus biografías, ambos quedaron unidos por el fulgor de sus lienzos y su trabajo pictórico desarrollado alrededor de la huella que el sol y el aire dejan en el universo.
Sorolla y Reverón destacan en la actualidad por muchas razones, pero la primera de ellas es la insistencia en hacer de la luz el eje de una mirada renovadora del mundo y de sus asombros.
Del Mediterráneo al Caribe
Por supuesto, al ubicarse cada uno de ellos en puntos distintos del planeta, y al tener cada uno sus propias técnicas pictóricas, sus cuadros nos regalan formas diferentes de la luz.

Sorolla trabajó la luz del Mediterráneo y la interpretó con colores vivos, saturados y contrastantes, en un juego de azules turquesa, amarillos y rosas.
Además, utilizó pinceladas sueltas, yuxtapuestas y rápidas, creando texturas marcadas sobre el lienzo, y sus escenas suelen ser estampas costumbristas: niños jugando en las playas, mujeres de paseo, pescadores en sus faenas.

En el caso de Reverón (en especial en su época blanca), la luz caribeña de sus cuadros enceguece y disuelve los contornos de los objetos.
Hay un predominio del blanco que anula progresivamente los colores vivos, y su pincelada es más sutil, creando visiones casi abstractas de objetos cotidianos, de figuras de mujeres, o de paisajes costeros que parecen quemar las retinas.
Ambos fueron magos del pincel, y cada uno de ellos, a su manera, dejó un testimonio del modo en que la mirada creadora puede convertir algo cotidiano como la luz en nuevo milagro de la existencia.
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muñeca/ Pedro Fanega. Flickr

