Arte y patrimonio

En la mente de Johann Sebastian Bach

¿Qué pasa por la mente de un artista a la hora de crear una obra? En este artículo no vamos a analizar el cerebro de un músico, ni a constatar qué actividades y funciones lleva implícito el momento creativo, sino que propondremos, a través de algunos ejemplos musicales, vislumbrar aquellos detalles que atravesaron la mente de compositores ilustres, para que, desde nuestra modesta audición, valoremos aún mejor su obra.
Escultura de Bach en Leipzig. Carl Seffner, 2012. Wikimedia commons.

La espiritualidad musical de Bach

Por la mente de los grandes compositores de la historia de la música ha pasado de todo y, a la vez, no ha pasado nada. Pero de lo que sí estamos seguros es de que sus mentes han estado llenas de “extras”: de pasión y de humanidad, de perseverancia y de espíritu emprendedor. Y también de una fuerte intromisión ideológica, como en el caso de nuestro venerado J. S. Bach (Eisenach, 1685 – Leipzig, 1750), representante supremo del Barroco musical, el cual la utilizará como faro iluminador en toda su creación.

Por aquel entonces, y nos situamos en su época (finales del XVII y mitad del XVIII), se componía siguiendo las necesidades de un rígido sistema estamental. Sin embargo, a pesar de las condiciones en las que J. S. Bach le tocó vivir, nunca permitió que su música fuera antigua y apostó por unas características barrocas propias de la época, aunando con maestría ideas estéticas de lo más antagónicas.

Llamado “el hombre de Dios”, su ortodoxia religiosa no le hizo apartarse del dogma luterano que corría por sus venas. Su mente, educada en el adoctrinamiento luterano, hizo que sus obras musicales, religiosas o profanas, estuvieran empapadas de esa espiritualidad.

Mural de Bach en la calle Clisson, 13ème, de París. Obra de Fabio Rieti.

La Pasión según San Mateo

Veamos un ejemplo claro en el aria nº 39, Erbarme dich, mein Gott (Apiádate de mí, Dios mío) de la Pasión según San Mateo BWV 244.

Por la fidelidad al texto bíblico, por su carácter íntimo y por la elevada piedad que J. S. Bach plasmó, tanto en la letra como en la música, hacen que esta obra sea de las más grandes (para mí, la más grande) de la historia de la música religiosa.

Por la mente de J. S. Bach circula lo sobrenatural, lo omnipresente, el misterio y el milagro. Cuando empieza el violín a sonar, y aun sin saber lo que dice el texto, sentimos que tiene “algo”. Ese violín concertante nos dibuja la fuerza extraordinaria que trasmite la súplica, la desesperación y el ruego por el perdón tras haber realizado una traición:

¡Ten piedad, Dios mío, de mí, por mis lágrimas!
Mira, mi corazón y mis ojos lloran por ti amargamente ¡Ten piedad!

Páginas 24 y 25 de la partitura original de la Pasión según San Mateo, BWV 244.

J. S. Bach sabe aunar texto y música magistralmente. Con sonidos agudos dirige la mirada al cielo; con sonidos graves nos muestra la agonía y la amargura y, creyentes y no creyentes, absorbemos esa semanticidad musical. Así lo sentía Friedrich Nietzsche (1844-1900) cuando le explicaba a un amigo que, a pesar de haber olvidado completamente el cristianismo, no podía dejar de escuchar la Pasión y que, en la misma semana, lo había hecho tres veces con gran sentimiento de admiración.

La obra musical estuvo en el olvido desde su composición en 1729 hasta su rescate en 1829 por el músico Mendelssohn; y desde entonces nos sigue emocionando desde el principio.

Nos ocurrirá lo mismo con otra de sus grandes composiciones sacras, la Misa en si menor BWV 232, Patrimonio Documental de la Humanidad por la Unesco y que vamos a posponer para otra ocasión. Pero, la grandiosidad de su gestación hace que no podamos acabar este artículo sin escuchar los primeros compases del Kyrie con fuerte carga semántica.

Otra vez, el perdón, en la mente de J. S. Bach.

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