Ciencia y tecnología

Electromovilidad: una tecnología con historia, pero con mucho futuro

Los motores eléctricos están ganando terreno poco a poco. Avances tecnológicos, el cambio climático o el desarrollo de nuevos patrones de movilidad, son algunos de los factores que han vuelto a poner sobre la mesa una tecnología cuyo origen se remonta a principios del siglo XX.
AJ Sánchez. Colección propia

Bicicletas, patinetes, motocicletas, coches, furgonetas y hasta camiones, todos ellos eléctricos. Vayas por donde vayas por una ciudad, te encuentras la electromovilidad. ¿Qué es y por qué domina hoy el tránsito urbano? Todos hemos oído palabras como calentamiento global, recursos energéticos  limitados, CO2, destrucción de la capa de ozono, etc., pero también, energías limpias, combustibles alternativos o movilidad eficiente. Y es justo ahí donde encaja la electromovilidad.

El desplazamiento por ciudad o carretera a través de vehículos eléctricos está muy presente hoy en día, tal como lo estaba hace más de 120 años, pero ¿qué ha pasado? ¿Por qué nos resulta tan moderno algo de hace más de un siglo? Hay una respuesta simple. La necesidad de vehículos de bajas emisiones durante todo su ciclo de vida, ha llevado a los fabricantes de vehículo a rescatar soluciones tan antiguas como el propio automóvil.

Fue allá por principios del siglo XIX cuando los coches de caballos empezaron a ser sustituidos por otras propulsiones: inicialmente, por máquinas de vapor, y, enseguida, de motores eléctricos (pues el electromagnetismo comenzaba su auge) y por motores de combustión interna, cada uno de ellos con sus ventajas e inconvenientes. Las máquinas de vapor, poco eficaces, quedaron pronto descartadas y las otras alternativas se impusieron de forma bastante paralela al principio.

Mover un coche por electricidad requería de, al menos, una batería, un motor eléctrico y un disyuntor (interruptor). El principal escoyo residía en las baterías y su capacidad de almacenar energía eléctrica, que se solucionaba con más baterías, pero aumentaba el peso. Una solución intermedia, fue la del Lohner Porsche, los primeros coche híbrido eléctrico-gasolina, ya que contaba con un motor por cada rueda, alimentado por un generador accionado por un motor térmico.  El equilibrio entre la energía almacenada, el peso y la autonomía llevaron a una batalla que los vehículos a motor de explosión ganarían con el tiempo, pero aún a primeros del siglo XX, la movilidad seguía siendo dominada  por los coches eléctricos, gracias a la facilidad de construcción, de manejo y simplicidad.

Los diferentes avances en los sistemas auxiliares, como el motor de arranque (antaño se arrancaban a manivela y era complejo) y los sistemas de encendido, permitieron que los coches a motor de combustión recobrasen impulso. La fabricación en cadena de Henry Ford así como la explotación petrolífera ver y la implantación de gasolineras (mucho más económicas de construir que centrales eléctricas) terminaron de hacer el resto, impulsando éstas motorizaciones.

Durante el siglo XX, especialmente a mediados, en la era atómica, siguieron apareciendo proyectos de fuentes de propulsión muy creativas, pero no fue hasta la crisis del petróleo de los 70, cuando realmente los fabricantes de coches como Volkswagen, Honda, GM y especialmente Toyota, comenzaron a buscar alternativas. Primero, hibridando (propulsiones duales o híbridas de gas-turbina, célula de combustible-eléctricos, térmicos-eléctricos) y después descarbonizando por completo, con modelos como los eléctricos 100 %, precursores de los que conocemos hoy en día. El incremento en la densidad energética de las baterías de litio, empleadas en toda la tecnología que conocemos, desde pequeños teléfonos móviles, portátiles, tabletas, etc., hasta en grandes vehículos pesados como camiones MAN y, por supuesto, la irrupción de Tesla en el mercado automovilístico, ha generado en todos los fabricantes un enorme impulso hacia la electromovilidad, ayudando a que, sin duda alguna, termine por imponerse. 

AJ Sánchez. Colección propia.

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